No sé cómo
la vida puede llevarnos por caminos tan misteriosos. Ayer todo parecía etéreo y
hoy todo es tan concreto, tan puntual. Eso te hace caminar con la convicción de
no imaginar, sino de materializar y dejar de lado a la ilusión. No digo que
esté mal, pero la incertidumbre es una buena compañera de viaje y el temor te
hace cuestionarte.
Pienso en
los marineros de la antigüedad, embarcándose a la mar con más fe que certezas.
Y parte de la magia era desconocer a ciencia cierta cuál sería el próximo
puerto, pues aunque hubiera una ruta trazada, las variables en el océano son
muchas.
Cuando miro
este camino, me detengo. Los años, mis compañeros de viaje, me aportan
experiencias y vivencias, con las que lleno mis maletas y me permiten apreciar
y valorar cada paso que doy. Pero me levanto, tomo aire y continúo, decidido a
tomar senderos más peligrosos, esperando que el equipaje me ayude a solventar
los apuros de esta ruta.
Lo
necesito. Debo caminar con la convicción de la ilusión. La convicción que me da
imaginar que al final del viaje, podré voltear a ver y observar que no caminé
en círculos.

