jueves, 18 de agosto de 2011

En días como hoy


¿Sabes? Hay momentos más difíciles que otros. Quizá este es uno de ellos. La vida me arrastra a pasos agigantados y usualmente no tengo tiempo para recordar. O simplemente no quiero hacerlo.

Pero no olvidas fácil una vida, ¿verdad? Al menos eso me pasa a mí, y confieso que me sorprende tu habilidad para adaptarte. Fue tan sencillo para ti, tan meditado, tan frío, tan calculado… bueno, de nuevo lo que digo parece reclamo… de nuevo olvido tus razones y tus argumentos.

La lluvia que me acompañó hoy de vuelta a casa arrecia. ¿Recuerdas cuando nos mojamos regresando de aquel concierto? Me abrazaste tan fuerte, como si con ello la lluvia fuera más llevadera. Yo te abracé tan fuerte como si con ello te cubriera. Retornamos empapados, de madrugada. Buscamos aquel trozo de chocolate que guardábamos y los últimos panes dulces que quedaron del día anterior. Eran casi las cinco de la mañana y a pesar del cansancio nos tomamos ese chocolate caliente, sentados en la cama y riendo a carcajadas…

No sé si la nostalgia es propia del invierno. Hoy regreso empapado y solo.  Estoy pensando en que tengo mil cosas que no dije. Es tarde para decirlas, lo sé. Pero sí dije algunas cosas que fueron ciertas y lo sabes.

La lluvia se ha dormido en la ventana. Cada gota dibujada me recuerda tus caricias. Esas que me animaban después de días como hoy, en que sencillamente tu entorno te arremete… te agrede. Pero allí estabas tú, sonriendo, borrando mis penas. Recordándome que no importaba si todo se nos caía encima, tú me tenías a mí y yo te tenía a ti.

Lo confieso, me da tristeza. Que difícil saber que ese mundo que nuestras manos construyeron nadie lo pudo entender. Pero no nos importaba, ¿recuerdas? Vivíamos de un lado a otro, moviéndonos conforme las circunstancias nos lo permitían. A veces juntando centavos para comprar algo de comer. No teníamos nada, solo nuestro cariño…  ¿recuerdas mi cumpleaños en aquel apartamento del tercer nivel? Solos los dos… por pastel un cubilete y de regalo un marco roto de fotos. ¿Sabes? El papel en que venía envuelto es lo que hoy está dentro del marco, con la fecha anotada, como testigo de los momentos más felices que compartimos.

Quizá las penas nos consumieron. Quizá el tiempo nos delató. Quizá los sueños nos dominaron. ¿Recuerdas aquella canción que hacíamos? Era la historia de nuestras vidas. Esa noche que la hacíamos una cuerda de la guitarra se reventó. Quedó inconclusa. La terminaríamos otro día, eso dijimos. Nunca compramos esa cuerda…

La lluvia inicia de nuevo. Ese sonido me regresa a mi realidad. Las horas han pasado y en la “blackberry” suena la alarma que me indica que otra vez no dormí. (Si, lo sé, compartíamos aquel teléfono cuya batería sujetábamos con un hule, siempre sin saldo). El día inicia y de nuevo la vida me arrastrará de tal modo que no tendré tiempo para recordar al menos por unas semanas.

No sé por qué te escribo esto. Quizá me animé a hacerlo porque sé que nunca lo leerás.

En días como hoy es que te extraño…



martes, 5 de julio de 2011

Laberinto

Sigo buscando, sigo caminando. Voy a tientas tropezando en las paredes. De alguna manera, difícil de explicar, sigo internándome en este laberinto, que a ratos me atormenta y a ratos me complace… que a ratos me exaspera y en momentos me embelece.

Sigo buscando, pensando en la salida. Si es de frente o debo retornar. Y cuando el abismo de lo desconocido se comprime a una decisión, tomada en la oscuridad, es imposible no compararlo a un juego de azar. Sacar las balas del tambor y dejar tan solo una…

Sigo buscando, sigo encontrando. Objetos sin sentido y joyas muy valiosas. Una cosa a la par de la otra. ¿Estarán concientes de la importancia de una y la banalidad de la otra? Recostadas entre sí, necesitándose para no caer.

Sigo buscando, voy tras la luz. ¿Debería estar en este lugar? Si yo entré por mis propios pies, ¿es justo que grite pidiendo ayuda?

Los ciclos, ya parecen efímeros y al siguiente momento son eternos. No sé si vivo diferentes etapas o una sola se reinventa a sí misma para parecerme nueva cada vez, pero que al final se vive en el mismo laberinto al que un día entré, sin saber, sin conocer. Acá entre estos muros he aprendido bastante. Ojalá me alcance.



martes, 7 de junio de 2011

¿Por qué nunca vienes sola?

Yo he sido siempre muy simple. Ando yo. Solo yo. Tal vez por eso me ha impresionado tu estilo. ¿Por qué nunca vienes sola?

Cuando te conocí, venías con el sol. Lo traías a tu alrededor, como si te abriera espacio para que pudieras caminar. Y la luz, intensa, con tanta fuerza y cegadora, para no olvidar.

El día en que te hablé, venías con una canción. De tu voz salieron todas las tonalidades, ritmos y notas. Partituras tan hermosas que pusieron a bailar mi corazón. A la razón, la más linda de las canciones.

La noche en que me invitaste, venías con las estrellas. Todas, una a una, desfilando frente a ti, como pequeñas damas de honor. Y llenabas de color la noche, brillando en la penumbra.

Cuando te dije que te quería, venías con la esperanza. De la mano, como íntimas amigas. Y la hice mía al pensar que podría ser mejor persona a tu lado. Que podría tener un lugar en tu corazón.

La tarde en que te besé, venías con el mar. Llenando, mojando, inundándolo todo, con el ímpetu de las olas y la frescura de la brisa. Y tu risa, clara e intensa, que ahogaba mis temores en la profundidad de tu ser.

Y por eso te pregunto, ¿por qué nunca vienes sola? Porque yo soy simple, Solo yo. Y tú en cambio vienes con el universo. Con rima y verso. Con lo esencial y lo complejo. Con lo inmediato y lo infinito. Con oro en la mirada y el arco iris por diadema. Ese es mi dilema: ¿por qué nunca vienes sola?




lunes, 23 de mayo de 2011

Entre túneles

Una jornada más. Donde el día y la noche solo son una figura. Abajo, en el mundo de las minas, la luz es algo tan irreal como los sueños diáfanos que cohabitan en la mente de los trabajadores. Y más en la de Saúl, que dibuja figuras grotescas en cada rincón, donde su imaginación cincela rocas que se materializan en viejos fantasmas.

Todos se preguntan por qué él lleva más tiempo acá que todos. En promedio, nadie aguanta más que un par de meses internado en las vísceras de la tierra, pero él lleva años arrancándole carbón a la montaña, por los viejos túneles que centurias y milenios se encargaron de entretejer. Algunos susurran que viejas heridas de guerra lo empujan a esta vida, otros vociferan la soledad atenuada que envuelve su alma. Otros, que sencillamente está loco.

Él, sin prestar atención a la diversidad de comentarios, jornada tras jornada empuña el mazo que hambriento devora la roca de los muros. El inframundo en el que se encuentra, la lejanía de la luz y la íntima comunión con sus pensamientos es suficiente compañía. Suficientes recuerdos, suficientes memorias, suficientes vivencias, suficientes nostalgias, suficientes errores…

Pero esa jornada fue diferente. Usualmente era quien más se internaba en aquellos parajes figurativos del averno. En medio de aquella oscuridad, tras un fuerte martillazo a la roca, un brillo fugaz paralizó su corazón. La curiosidad, de la mano de la ansiedad hizo que se concentrara en aquel punto de la roca. Acercó su lámpara y pudo confirmar su suerte: en el medio de la nube de polvo, rodeada de roca, carbón y soledad, había un diamante.

Había escuchando tantas historias antiguas, entre ellas la de un viejo minero que había encontrado un diamante por esos rumbos en tiempos de la revolución, que con él sufragó los gastos de armas, fusiles y propaganda izquierdista de una comunidad (borrada del mapa con una bomba) pero nunca imaginó que le podía pasar a él.

Recordó como algunos decían que en ese lugar existían piedras “farsantes”, pero ante sus ojos, conforme separaba el polvo y el carbón, se iba mostrando la más genuina honestidad, sensibilidad y pureza que la tierra podría ofrecer. Acuñada por milenios, pareciera que la presión de la montaña y todas la fuerzas terrenales que mueven el mundo implosionaran de tal modo en ese centímetro, que la belleza y lo sublime se mostraban en su máxima expresión comprimidos en aquella joya.

Tumultuosamente las ideas rebalsaban su mente. Su vida podría cambiar totalmente… ¿Sería el destino? ¿Cómo es posible que en el fondo de la tierra, donde lo inverosímil y su exclusión de lo real cohabitan con demonios que recurrentemente mordisquean sus tobillos, encontraría tanta belleza?

Se vio así mismo: cubierto de polvo, bañado en carbón y con las manos negras y percudidas por hundirlas en el hollín durante años. ¿Acaso podría tocar la límpida superficie de ese diamante? Sus ropas, su casco de minero, su lámpara, todo quedaba marcado de carbón luego de poner sus manos sobre ellos. ¿Cómo iba entonces a tomar ese diamante? No, debía ser una broma de la mina… ¿por qué a él?  ¿Acaso el castigo de años de estar deambulando en las penumbras llegaba a su fin? ¿Acaso la vida le pagaba a bien de esa manera tanta soledad? ¿Será la señal esperada para regresar a la superficie?

La noticia se esparció en minutos entre los mineros de la corporación. Saúl, que trabajó 8 años sin gozar vacaciones, súbitamente renunció y se retiró de la montaña, sin mediar palabra y sin despedirse. Se concluyó a priori que el respirar polvo de carbón y hollín durante tanto tiempo afectó sus neuronas. No solo partió de la mina como si le urgiera llegar al otro lado del mundo, como si llevara con él algún tesoro, sino que antes de salir dejó dinamitado el tope del último túnel que cavó, como si quisiera que nadie llegara jamás a ese lugar específico.



miércoles, 23 de marzo de 2011

¿Por qué?

¿Y por qué canta el ruiseñor por las mañanas y el grillo por las noches?

Pides que diga el porqué… pides que lo razone.
Que explique como y cuando… que ordene mis ideas.
Que te muestre la respuesta que el mundo busca a tientas,
día tras día, siglo tras siglo, a cada instante y desde siempre.  

Me pides que revele los secretos de Mozart y las razones de Neruda.
Que exponga el juicio lógico del movimiento de este mundo,
el porqué se rompen barreras a cada segundo,  
se suben las montañas y se atraviesan los desiertos.   

Y si la historia no lo ha entendido solo te pido que no lo entiendas,
si debo dar explicación, si he de decirlo en una frase,
solo diré sencillamente, que te reconocí.



lunes, 21 de marzo de 2011

Una luna diferente

La magia que el plenilunio tiene en mí es única. Quizá sea por mi naturaleza nocturna o por esa especial importancia que las luces y sombras de la noche han tenido en mi proceso creativo.

No menos sorprendente son los ciclos del perigeo lunar. En marzo de 1993 nuestro satélite natural se encontró inusualmente muy cerca de la tierra. Y naturalmente no pasó desapercibido para mí… las revoluciones del siglo XX, todas juntas, no podrían semejarse a lo que acontecía en mi cabeza, mi estómago y mi corazón: aquella chica había convulsionado mis estructuras físicas, psíquicas y emotivas. Se daba en mí ese proceso hermoso y doloroso a la vez de abandonar las ideas infantiles en pos de unos ojos aterciopelados. Aquella luna de ese marzo lejano ya, fue una luna diferente.

Marzo de 2011. La solitaria esfera del cielo que ha inspirado a la humanidad a lo largo de la historia está 50,000 kilómetros más cerca de nosotros. Logro bajar las revoluciones de mi estilo de vida tan complicado (pero amado por mí a la vez)  y prestar atención a los pequeños actos sencillos pero significativos que me llevaron a conocerla, sin buscarlo yo, sin esperarlo ella. “Un café a las 3 de la tarde estará bien para los dos” fue el consenso.

Esa reunión llegaba luego de algunas breves charlas en persona y otras veces de manera telefónica, que aunque al principio correspondían a la temática laboral que nos hizo coincidir en el tiempo y el espacio, luego fueron tornándose inevitablemente más personales al descubrir como nuestras ideas sobre la forma en que gira el orbe coincidían.

-“Hay un poco de calor para un café, ¿no?”- fue la pregunta de inicio. La refrescante sensación de la sangría helada se quedaba corta con la frescura de la charla y su fluidez. Parecieron 10 minutos las 3 horas vespertinas de conversación amigable, que me dejaba la impresión de que hablaba con alguien a quien conocía de toda la vida.

–“¿Cambiamos de ambiente? ¿Qué tal un vino para seguir platicando?”-. La noche entraba y con ella la luz de luna que hacía brillar su largo cabello negro sujeto con un gancho plateado. La intensidad de su mirada, disimulada tras de aquellas gafas doradas, me obligaba a no apartar la vista de esos ojos negros profundos que transmitían una pureza de alma que me desconcertaba.

Los ruidos de la ciudad (y de la mente) quedaron silenciados mientras hablábamos sobre nuestras vidas, con sus dolencias y alegrías. La sinceridad de los relatos se aderezaba entre lágrimas y carcajadas producto de la naturalidad de la conversación. En algún instante de la noche mi capacidad histriónica de mantener el control ante todo, sucumbió. Me tenía. Me había capturado con su sinceridad y elocuencia. A través de la charla iba, sencillamente, admirando su talento para vivir.

Al compás de la madrugada tomamos camino para su casa. Para esta ciudad cada vez más hostil, era muy inusual (pero propicio) el contexto geográfico de su colonia. Una pequeña calle sin alumbrado, muchos árboles y el encanto de sentirse aislado del bullicio.

Detuve el carro a la orilla de un jardín. La luminosidad natural era tan fuerte que permitía reconocer las diferentes tonalidades de las bouganvilias que se fundían con el césped y el fino empedrado de la acera. El frío de la madrugada contrastaba con la calidez del momento que estaba viviendo dentro del vehículo. Ese delicioso ritmo de charlar entre lo trivial y lo profundo llevó a compartir aquellas cosas almacenadas en lo profundo del corazón, que nunca salen a la luz a menos que se den las condiciones excepcionales para ello. Era nuevo para mí conocer una persona que lograra amalgamar esa cantidad de ideas y pensamientos.

¿Contacto físico? No era necesario. En la intimidad de ese momento mágico, no había nada que fuera superior a percibir su aliento cálido que erizaba mi piel, observar la luz de sus ojos desprovistos de mentiras, escuchar su tono de voz que embelesaba mis sentidos, desfallecer ante esa sonrisa que lograba desaparecer el mundo alrededor y sentir, tan solo por unas horas, que no existía nadie más en el planeta que aquella mujer que se había ganado completamente mi admiración y respeto.

La tortura de observar sus labios cercanos y saberlos tan lejanos terminó. Un abrazo, de esos en que la eternidad se comprime en un segundo, marcó el fin de la jornada.  Bajó del carro. La vi partir y alejarse entre las sombras de la noche, que contrastaban con la luminosidad del aura que irradian esas personas que nos aventajan en todos los sentidos, planos y dimensiones de la vida, que con cinco palabras te dan la más sublime enseñanza y con un gesto sencillo fraccionan tu existencia en un antes y un después.

Me quedé solo en medio de la calle oscura con la luna llena frente a mí, que dibujaba caprichosas figuras entre los árboles sugiriéndome antiguos fantasmas huyendo de mi cercanía, conocedores de la experiencia humano-divina que acababa de vivir, imposibilitados de causarme el más mínimo tormento. Atrás, el sol iniciaba su intento por recuperar su lugar en el firmamento, pintando sutiles líneas en el paisaje que auguraban el éxito de su empresa.

Aquella fue, en definitiva, una luna diferente. 





lunes, 28 de febrero de 2011

Un mejor camino

Si todos los caminos conducen a Roma, no debería preocuparme las decisiones que se toman día a día. Pero creo que la selección del camino es en definitiva más importante que el hecho de llegar.

Cuando se lleva mucho tiempo transitando por una vía, es difícil imaginar que podría no ser la correcta. En especial porque representa lo más intrínseco del ser: nuestra capacidad de tomar decisiones. Es más fácil oír por allí “no me arrepiento de nada” (las más de las veces por orgullo) que oír “lo siento, me equivoqué”.

Pienso que un cuestionamiento sano debería ser si vamos por el camino correcto o no. Quizá no recurrente, pero si eventual, aunque esto represente evaluar nuestras decisiones y con ello el concepto que tenemos de las cosas y nuestra visión de la vida. Al final de cuentas no es la misma perspectiva del futuro que teníamos hace 5, 10 ó 20 años.  

¿Opciones? No lo sé. Regresar está descartado, simplemente porque tampoco creo estar errado hacia donde voy, es solo que tengo visiones de que hay un mejor camino. ¿Continuar? Es posible, pero la inquietud que siempre me han provocado las bifurcaciones –veo una desde acá- me obliga a analizar alternativas… 

Bueno, sacaré mi faceta de explorador, me arriesgaré a la aventura y probaré trazar un camino nuevo,. Iré por un sendero desconocido, tentadoramente expuesto a los peligros.
 

viernes, 14 de enero de 2011

En el Cuarto Oscuro...

Está bien, lo admito. Expresarme siempre ha sido una necesidad con la que he tenido algunas dificultades. En parte por la poca habilidad natural para hacerlo. La mayoría de veces las personas no creen que yo sea alguien tímido y callado. Claro, la vida me enseñó (o he de decir me obligó) a exteriorizar mis emociones, pero no siempre fue así. Mi forma introvertida de ser se enfocó en tener ideas y conceptos que me permitieran comprender mejor el mundo en que vivimos, buscar balances y contrapesos. Lo cuestioné todo: lo que estudiaba, lo que practicaba, lo que probaba y lo que creía. No por rebeldía, sino porque siempre he pensado que nadie es dueño de la verdad absoluta.

De alguna manera encontré a lo largo del tiempo diferentes maneras de expresarme. Las artes escénicas fueron equilibrando mi personalidad, permitiendo que muchas sensaciones que galopaban en mi interior pudieran liberarse. La música me brindó desde muy pequeño cierta sensibilidad útil para trasladar al exterior sentimientos que no lograba decir con palabras.

Quizá por todo esto me enamoré de la comunicación hasta hacerla un estilo de vida. Y aprendí a utilizar diferentes herramientas para expresar una diversidad de ideas. Diría que para cada situación hay una manera de expresión,  y aplicar este pensamiento me permitió transmitir lo que quería comunicar con mayor libertad.

Sin embargo, al revisar mi interior me di cuenta que mi mente guarda algunos espacios impenetrables, que últimamente han estado haciendo demasiado ruido. Es lo que llamo un cuarto oscuro, una especie de sótano donde a lo largo del tiempo se van guardando aquellos objetos que no utilizamos, que no nos sirven. Pero que los guardamos porque representan algo, porque creemos que alguna vez servirán, porque tienen un valor sentimental (aunque sean basura) o simplemente porque no nos atrevemos a tirarlos.

He decidido abrir esa puerta. Con escoba en mano y mascarilla puesta (soy alérgico al polvo) estoy dispuesto a entrar. Creo que el ruido intenso que sale de allí es porque deben haber ratas gigantescas, arañas, cucarachas y, quizá, hasta algún monstruo mitológico. Estoy involucrado en el doloroso proceso de reinventarme a mi mismo, y no puedo hacerlo si no expreso esas ideas que están guardadas en ese lugar, que a veces son macabras o a veces tiernas, a veces irreverentes y a veces sublimes. Por eso nació este blog. Un ladrillo en la reconstrucción de mi ser. Estoy acá, en el cuarto oscuro de mi mente abriendo esa puerta, dispuesto a sacar de allí esos cachivaches y a pelear con criaturas ancestrales. Como decía mi abuela, Que Dios me agarre confesado.