lunes, 23 de mayo de 2011

Entre túneles

Una jornada más. Donde el día y la noche solo son una figura. Abajo, en el mundo de las minas, la luz es algo tan irreal como los sueños diáfanos que cohabitan en la mente de los trabajadores. Y más en la de Saúl, que dibuja figuras grotescas en cada rincón, donde su imaginación cincela rocas que se materializan en viejos fantasmas.

Todos se preguntan por qué él lleva más tiempo acá que todos. En promedio, nadie aguanta más que un par de meses internado en las vísceras de la tierra, pero él lleva años arrancándole carbón a la montaña, por los viejos túneles que centurias y milenios se encargaron de entretejer. Algunos susurran que viejas heridas de guerra lo empujan a esta vida, otros vociferan la soledad atenuada que envuelve su alma. Otros, que sencillamente está loco.

Él, sin prestar atención a la diversidad de comentarios, jornada tras jornada empuña el mazo que hambriento devora la roca de los muros. El inframundo en el que se encuentra, la lejanía de la luz y la íntima comunión con sus pensamientos es suficiente compañía. Suficientes recuerdos, suficientes memorias, suficientes vivencias, suficientes nostalgias, suficientes errores…

Pero esa jornada fue diferente. Usualmente era quien más se internaba en aquellos parajes figurativos del averno. En medio de aquella oscuridad, tras un fuerte martillazo a la roca, un brillo fugaz paralizó su corazón. La curiosidad, de la mano de la ansiedad hizo que se concentrara en aquel punto de la roca. Acercó su lámpara y pudo confirmar su suerte: en el medio de la nube de polvo, rodeada de roca, carbón y soledad, había un diamante.

Había escuchando tantas historias antiguas, entre ellas la de un viejo minero que había encontrado un diamante por esos rumbos en tiempos de la revolución, que con él sufragó los gastos de armas, fusiles y propaganda izquierdista de una comunidad (borrada del mapa con una bomba) pero nunca imaginó que le podía pasar a él.

Recordó como algunos decían que en ese lugar existían piedras “farsantes”, pero ante sus ojos, conforme separaba el polvo y el carbón, se iba mostrando la más genuina honestidad, sensibilidad y pureza que la tierra podría ofrecer. Acuñada por milenios, pareciera que la presión de la montaña y todas la fuerzas terrenales que mueven el mundo implosionaran de tal modo en ese centímetro, que la belleza y lo sublime se mostraban en su máxima expresión comprimidos en aquella joya.

Tumultuosamente las ideas rebalsaban su mente. Su vida podría cambiar totalmente… ¿Sería el destino? ¿Cómo es posible que en el fondo de la tierra, donde lo inverosímil y su exclusión de lo real cohabitan con demonios que recurrentemente mordisquean sus tobillos, encontraría tanta belleza?

Se vio así mismo: cubierto de polvo, bañado en carbón y con las manos negras y percudidas por hundirlas en el hollín durante años. ¿Acaso podría tocar la límpida superficie de ese diamante? Sus ropas, su casco de minero, su lámpara, todo quedaba marcado de carbón luego de poner sus manos sobre ellos. ¿Cómo iba entonces a tomar ese diamante? No, debía ser una broma de la mina… ¿por qué a él?  ¿Acaso el castigo de años de estar deambulando en las penumbras llegaba a su fin? ¿Acaso la vida le pagaba a bien de esa manera tanta soledad? ¿Será la señal esperada para regresar a la superficie?

La noticia se esparció en minutos entre los mineros de la corporación. Saúl, que trabajó 8 años sin gozar vacaciones, súbitamente renunció y se retiró de la montaña, sin mediar palabra y sin despedirse. Se concluyó a priori que el respirar polvo de carbón y hollín durante tanto tiempo afectó sus neuronas. No solo partió de la mina como si le urgiera llegar al otro lado del mundo, como si llevara con él algún tesoro, sino que antes de salir dejó dinamitado el tope del último túnel que cavó, como si quisiera que nadie llegara jamás a ese lugar específico.



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