lunes, 21 de marzo de 2011

Una luna diferente

La magia que el plenilunio tiene en mí es única. Quizá sea por mi naturaleza nocturna o por esa especial importancia que las luces y sombras de la noche han tenido en mi proceso creativo.

No menos sorprendente son los ciclos del perigeo lunar. En marzo de 1993 nuestro satélite natural se encontró inusualmente muy cerca de la tierra. Y naturalmente no pasó desapercibido para mí… las revoluciones del siglo XX, todas juntas, no podrían semejarse a lo que acontecía en mi cabeza, mi estómago y mi corazón: aquella chica había convulsionado mis estructuras físicas, psíquicas y emotivas. Se daba en mí ese proceso hermoso y doloroso a la vez de abandonar las ideas infantiles en pos de unos ojos aterciopelados. Aquella luna de ese marzo lejano ya, fue una luna diferente.

Marzo de 2011. La solitaria esfera del cielo que ha inspirado a la humanidad a lo largo de la historia está 50,000 kilómetros más cerca de nosotros. Logro bajar las revoluciones de mi estilo de vida tan complicado (pero amado por mí a la vez)  y prestar atención a los pequeños actos sencillos pero significativos que me llevaron a conocerla, sin buscarlo yo, sin esperarlo ella. “Un café a las 3 de la tarde estará bien para los dos” fue el consenso.

Esa reunión llegaba luego de algunas breves charlas en persona y otras veces de manera telefónica, que aunque al principio correspondían a la temática laboral que nos hizo coincidir en el tiempo y el espacio, luego fueron tornándose inevitablemente más personales al descubrir como nuestras ideas sobre la forma en que gira el orbe coincidían.

-“Hay un poco de calor para un café, ¿no?”- fue la pregunta de inicio. La refrescante sensación de la sangría helada se quedaba corta con la frescura de la charla y su fluidez. Parecieron 10 minutos las 3 horas vespertinas de conversación amigable, que me dejaba la impresión de que hablaba con alguien a quien conocía de toda la vida.

–“¿Cambiamos de ambiente? ¿Qué tal un vino para seguir platicando?”-. La noche entraba y con ella la luz de luna que hacía brillar su largo cabello negro sujeto con un gancho plateado. La intensidad de su mirada, disimulada tras de aquellas gafas doradas, me obligaba a no apartar la vista de esos ojos negros profundos que transmitían una pureza de alma que me desconcertaba.

Los ruidos de la ciudad (y de la mente) quedaron silenciados mientras hablábamos sobre nuestras vidas, con sus dolencias y alegrías. La sinceridad de los relatos se aderezaba entre lágrimas y carcajadas producto de la naturalidad de la conversación. En algún instante de la noche mi capacidad histriónica de mantener el control ante todo, sucumbió. Me tenía. Me había capturado con su sinceridad y elocuencia. A través de la charla iba, sencillamente, admirando su talento para vivir.

Al compás de la madrugada tomamos camino para su casa. Para esta ciudad cada vez más hostil, era muy inusual (pero propicio) el contexto geográfico de su colonia. Una pequeña calle sin alumbrado, muchos árboles y el encanto de sentirse aislado del bullicio.

Detuve el carro a la orilla de un jardín. La luminosidad natural era tan fuerte que permitía reconocer las diferentes tonalidades de las bouganvilias que se fundían con el césped y el fino empedrado de la acera. El frío de la madrugada contrastaba con la calidez del momento que estaba viviendo dentro del vehículo. Ese delicioso ritmo de charlar entre lo trivial y lo profundo llevó a compartir aquellas cosas almacenadas en lo profundo del corazón, que nunca salen a la luz a menos que se den las condiciones excepcionales para ello. Era nuevo para mí conocer una persona que lograra amalgamar esa cantidad de ideas y pensamientos.

¿Contacto físico? No era necesario. En la intimidad de ese momento mágico, no había nada que fuera superior a percibir su aliento cálido que erizaba mi piel, observar la luz de sus ojos desprovistos de mentiras, escuchar su tono de voz que embelesaba mis sentidos, desfallecer ante esa sonrisa que lograba desaparecer el mundo alrededor y sentir, tan solo por unas horas, que no existía nadie más en el planeta que aquella mujer que se había ganado completamente mi admiración y respeto.

La tortura de observar sus labios cercanos y saberlos tan lejanos terminó. Un abrazo, de esos en que la eternidad se comprime en un segundo, marcó el fin de la jornada.  Bajó del carro. La vi partir y alejarse entre las sombras de la noche, que contrastaban con la luminosidad del aura que irradian esas personas que nos aventajan en todos los sentidos, planos y dimensiones de la vida, que con cinco palabras te dan la más sublime enseñanza y con un gesto sencillo fraccionan tu existencia en un antes y un después.

Me quedé solo en medio de la calle oscura con la luna llena frente a mí, que dibujaba caprichosas figuras entre los árboles sugiriéndome antiguos fantasmas huyendo de mi cercanía, conocedores de la experiencia humano-divina que acababa de vivir, imposibilitados de causarme el más mínimo tormento. Atrás, el sol iniciaba su intento por recuperar su lugar en el firmamento, pintando sutiles líneas en el paisaje que auguraban el éxito de su empresa.

Aquella fue, en definitiva, una luna diferente. 





5 comentarios:

  1. Eso es lo que yo llamo "visitar a la luna". Absolutamente una luna diferente.

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  3. I never had read this until today and see the day that public could not avoid having to remember what happened the previous night. Although i don't know if this moon relates, which if it is, is what happened on the moon of the march 20, 2011 i want return to that moment, in which everything seemed real which is now a pleasant memory more in my mind.

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  4. Hello! To be honest I do not remember what happened on the day that you say, actually the story is a literary exercise, but I'm glad you liked it. Regards! :-)

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